domingo, 23 de septiembre de 2012

2 PRÓLOGO de CANTOS Y SILENCIOS FLAMENCOS

Foto: Pepe Ponce


PRESENTACIÓN,
por Paco Chaves


De dónde viene mariví? ¿De Los Montes de Málaga? ¿De las playas de la Misericordia? ¿De la Trinidad? ¿Del Perchel? ¿Del 68? ¿De todas partes? ¿De ninguna? ¿De todo? ¿De nada?
Probablemente, mariví viene de Mariví, de María Victoria, de la tierra que también tiene el mar, de la tierra que también tiene Málaga, aunque con frecuencia lo olvidemos los que confundimos mar con sueño y tierra con fatiga y trabajo. Pero los malagueños que se sienten malagueños sólo por el mar están en Málaga de visita y siempre serán malagueños recientes, sin memoria, y así sus versos: marítimos, soñadores, etéreos, insustanciales, burgueses, acomodaticios, epidérmicos, fingidos, sin raíces. Y esa es la diferencia, la gran diferencia, entre el que escribe versos para ser leídos en la intimidad del gabinete, de la orquesta de cámara, de la sublimidad de un decorado, y el que los escribe para ser cantados en los garitos, en los tablaos, en las peñas, en las tabernas; la diferencia entre el “tú” y el “nosotros”, la diferencia entre lo “íntimo” y lo “público”, más concretamente, la diferencia entre lo privado y lo popular profundo, la diferencia entre lo íntimo y lo más íntimo cuando se hace generoso. Porque los versos de mariví quieren ser sólo eso, auténticos, sinceros, y antes que nada, necesarios, porque vienen de muy lejos, es decir, de los más cercano, de nuestra tierra que no vemos pero que fue la tierra que primeramente nos  formó o malformó  en nuestros  juegos, en el primer trabajo, en el primer amor, en nuestras alegrías, en nuestras desgracias y sufrimientos, en nuestro dolor; porque los versos de mariví vienen  de  lejos, es decir, de lo más cercano, porque  es la  tierra que pisamos y que nos pisa, de la única manera en que nos pueden pisar aquellos que ya no hablan porque ya no son del todo ellos, o quizá nosotros, que no seamos ya como ellos nos ven; es decir, hablamos ya de recuerdos diferentes: ellos nos recuerdan de manera diferente porque ya no son idénticamente ellos, e igualmente nosotros; y cuando los recuerdos son diferentes, en la línea viva y poética en que aún nos podemos comunicar y entender, no habrá más remedio que hacerlo con algo que no es el lenguaje y ni siquiera el gesto sino con algo, paradójicamente, mucho más familiar, mucho más antiguamente familiar: el cante. Hablamos, sin duda, de ellos y nosotros, de los muertos y de los vivos, de padres, abuelos, antepasados, de amigos y también vecinos, de calles desaparecidas, de barrios derribados; hablamos de fantasmas reales: de nuestra niñez, de nuestra adolescencia, de España, de nuestras utopías, de nuestros sueños, de nuestros fracasos, de nuestros hijos, de nuestra soledad, y hablamos realísimamente de todo ello, en las tres o cuatro líneas de unos versos, porque queremos que toda esa vida –toda nuestra vida- quede, como las fotos en blanco y negro que guardaba nuestra madre en una caja de zapatos, quede, en nuestra imaginación siempre azul, como aquel tío lejano más  aventurero que  emigrante que un día  se  fue a  hacer las américas y ya no se supo nada de él, quede, como la misma vida, viva y muerta, que es lo mismo que decir viva y artística.

¿Y qué es el arte sino la vida en pasado?
¿Y qué es la poesía sino eso también?
¿Y qué son los muertos sino arte?
¿Qué es el cante sino...?
¿Qué es el flamenco?

¿Qué es Mariví sino sus propios poemas?... Inseparables, confungibles, idénticos.
¿mariví, de dónde viene Mariví? Probablemente, de los Montes de Málaga; probablemente de un barrio soleá-do y antiguo de Málaga, hoy por hoy desaparecido, tal vez, muerto.
Pero, ¿a dónde, hacia donde va Mariví? Seguro: hacia un poema.


               

No hay comentarios:

Publicar un comentario